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| Exitosa filmación de jaguares |
| Viven libres en Yucatán |
| Juan Carlos Faller Menéndez |
 Mérida, 15 de febrero de 2007. El 20 de Noviembre de 2006, una cámara de video automática instalada por Pronatura Península de Yucatán (PPY) en la reserva privada El Zapotal logró la primera filmación de una pareja de jaguares adultos libres en Yucatán, y una de las primeras en México. Los felinos son un macho y una hembra, cuyo comportamiento sugiere que se encontraban en un periodo de apareamiento. Estos felinos son normalmente de hábitos solitarios, excepto cuando están apareándose. El macho filmado ya había sido captado por una cámara fotográfica entre Mayo y Julio de 2006. Es el individuo más fotografiado por cámaras automáticas dentro de El Zapotal, como parte del estudio que desde 2004 estamos realizando PPY, el Fort Worth Zoo (Texas) y el Instituto de Ecología de la UNAM, con el apoyo de la Dirección de la Reserva de la Biosfera de Ría Lagartos.
La hembra captada en esta ocasión (que hemos bautizado como “Alfonsina”) es un nuevo registro, el segundo de este sexo que obtenemos desde 2004 (cuando fotografiamos a la jaguar bautizada como “Joann”). En total, en tres años hemos identificado 9 jaguares en un área aproximada de 20,000 hectáreas dentro y en la zona de influencia de la Reserva de la Biosfera de Ría Lagartos (noreste de Yucatán). Seis de esos individuos fueron registrados dentro de El Zapotal, que es una reserva privada de 2,350 hectáreas adquirida en 2002 por PPY (con el apoyo de The Nature Conservancy , del Acta de Conservación de Humedales de Norteamérica y del Servicio de Vida Silvestre y Pesca de los EE.UU.), como parte del Programa Nacional de Conservación de Tierras de Pronatura.
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| El paraíso postergado |
| Eugenia Montalván Colón |
 Si me preguntaran si soy capaz de postergar un año mi luna de miel con tal de pasarla en Holbox, quizá respondería que no, pero yo vivo en Mérida y Holbox me queda a un paso. En cambio, una pareja de italianos, por ejemplo, se toma esta disyuntiva con filosofía y aplaza el viaje de bodas el tiempo necesario con tal de gozar su enloquecido amor en esta pequeña isla del Caribe, arriesgándose incluso a venir sin reservación de hotel.
Llegan a Chiquilá, el puerto de desembarque en Quintana Roo, con sus mochilas a la espalda y la guía turística en la mano. Casi no hablan español, pero se hacen entender en inglés, y abordan una lancha con unos cuantos pasajeros más dispuestos, como ellos, a pagar 50 pesos por cruzar en 20 minutos al paraíso.
Holbox queda 17 kilómetros mar adentro. Su arena es tan blanca y fina que al instante dan ganas de pisarla con las plantas de los pies y seguir descalzos… Por lo mismo, ni siquiera se antoja abordar taxi –golfcart o triciclo, las dos variantes posibles– para andar en la isla, salvo que verdaderamente queramos recorrerla de punta a punta, una aventura nada imposible sobre todo si se combina con unas refrescantes zambullidas en el mar.
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| Andanzas eusebianas |
| Columna semanal |
| Eusebio Ruvalcaba |
 Foto: Kevin Volans (Foto: Nick Miller) Leo El violín negro, novela de Maxence Fermine (edit. Anagrama). Pintaba para obra maestra. La novela versa sobre un violinista de excepcional talento, soldado de Napoleón, que finalmente abandona el instrumento cuando está a punto de perder la vida en una batalla; de hecho, una voz femenina, semejante a la de un ángel, lo vuelve en sí. Cuando los franceses toman Venecia, el soldado violinista se aposenta en una casa donde vive un laudero ya anciano, a quien todo mundo juzga loco. Este luthier se ha propuesto construir un violín que tenga el timbre de la mujer que él amó y que jamás pudo hacer suya. Cuando muere, le obsequia el instrumento al violinista. Luego de años, el violinista se decide y lo toca —que no es otro, obviamente, que aquel violín negro—, y lo que escucha es la voz de aquella mujer/ ángel que le salvó la vida. Cae en cama de la impresión que acaba de recibir, y muere. Fin de la historia. Me detengo en la fotografía del autor: es un nerd, a su lado, una bola de estambre resulta más interesante. Ni hablar que, con esa cara, no podía llegar muy lejos. Lo mejor de la novela fue que aprendí una palabra: colofonia, que el traductor utiliza como sinónimo de brea o resina, que es la pez que se le pone al arco para que se “agarre” de las cuerdas.
Hoy evoco a un amigo, Arturo Román Domínguez. Cuentista. Era mi hermano. Lo asesinaron el 15 de diciembre de 1977 en un taxi de Córdoba, Ver. Nos conocimos en la preparatoria 4 y nos dio por ligarnos mujeres en la calle y compartirlas en la cama. Había un hotel en la calle de Benjamín Hill —me parece que se llamaba Quinta Rubí— donde nos hacían descuento. Una noche llegó a casa a altas horas. Le habían tasajeado el pecho. La camisa ensangrentada, el saco hecho jirones. Siempre viviendo al límite.
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| Andanzas eusebianas |
| Columna semanal |
| Eusebio Ruvalcaba |
Mi mujer y yo compramos un piano para la casa. Es usado, vertical, alemán, marca Westermayer. Negro. Aún más viejo que yo. Habíamos esperado mucho. La sola vista del piano provoca un aluvión de recuerdos. Crecí entre pianos. Con mi madre pianista, el sonido del piano me era aún más familiar que el del violín. Todo el día escuchaba tocar el piano. Tres o cuatro ocasiones al año mi padre lo tocaba: Las mañanitas, en los cumpleaños de cada uno de los miembros de la familia. Yo estudiaba en un Ronisch, también negro y vertical. Llegué a tocar algunas sonatinas y cosas por el estilo, nada del otro mundo. Lo único que me fastidiaba del piano era la práctica de las escalas. Y no había modo de eludirlo. Como mi madre era mi maestra, apenas me sentaba al piano las escalas sobrevenían. Una tras otra. Solfear en cambio me atraía casi tanto como tocar piezas para niños de Bach, cuyas notas se reproducían en mis sueños. Llevaba un libro que se intitulaba Solfeo de los solfeos, y que consistía en páginas y páginas de notas sin creatividad, meros ejercicios para templar los valores musicales. Aritmética pura.
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| Monsiváis y el fundamentalismo |
| Columna La letra con sangre |
| Sandro Cohen |
 Carlos Monsiváis nunca ha tenido pelos en la lengua, y debemos agradecérselo. La separación de Estado e Iglesia es un tema importante en el México actual, sobre todo porque hay intereses poderosos que buscan minar el muro que los separa. Si Monsiváis decidió abordar el tema en su discurso de aceptación durante la entrega de los Premios Nacionales de Ciencias y Artes, lo hizo porque lo consideraba urgente. Carlos Abascal fue uno de sus blancos —un blanco fácil, tal vez; hay otros…—, y éste —quien será todo menos tonto— le reviró con la ahora inmortal frase con la cual dijo respetar a “los fundamentalistas que me acusan de fundamentalista”.
Como humorada me pareció dudosa, pero como aserto resulta completamente equivocado. Juan Villoro, uno de nuestros escritores y pensadores más lúcidos, lo dijo claramente y estoy de acuerdo: “Digamos que Carlos Abascal le ladra al árbol equivocado […]” (Milenio Diario, 2 de febrero de 2006, pp.42-43). Monsiváis no es fundamentalista ni nada que se le parezca. Por eso me sorprendió la declaración de Pablo Soler Frost, quien admite que Monsiváis sí puede ser tildado de fundamentalista, “Pero sin la mala prensa que acompaña al término, porque cualquier persona que se abroga [sic, pero no sé si debo referir el sic a los autores de la nota, o a Pablo] el derecho de hablar por la Patria [sic, ahora sí de los autores de la nota] en peligro, necesita volver a cuestiones fundamentales”. Y luego Soler Frost continúa asombrándome: “Un fundamentalista es aquel que busca liberarse de lo superfluo y llegar a lo que para él o ella es esencial” (loc. cit.).
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