La quinta columna Enganchar la puerta
De donde soy, la gente vive, por lo general, con la casa abierta. Cualquier transeúnte pasa, husmea de reojo, mete la cabeza y mira hasta el final del pasillo, comenta algo en alta voz, siente los olores de la comida, del café o de la leche a punto de hervir. Luego, sigue su paso o se detiene para saludar a alguien.
De donde soy, cuando la gente no quiere ser avistado, ni percibido desde dentro de sus casas, no cierra la puerta. Como quien quiere y no quiere, deja un resquicio por donde algo miramos, no se ve completamente, solo se sugiere, volviendo ese acto típico de voyeur, más atractivo e irresistible. Al acto de dejar esa hendija que no toca nunca el marco, se le dice de donde soy “enganchar la puerta”.
Esta debe ser la última Quinta Columna. Hoy toca hacer silencio y dejar atrás más de cuarenta semanas de plática con ustedes. Aquí no sólo he hablado yo. Es lo que he querido con cada línea donde mi voz se vuelve tinta virtual. Confieso que ha sido siempre un acto temerario, un pie en el vacío, el equilibrista sobre la cuerda. Pero el temor es estimulante, tensa mi cuerpo y comienzo a disparar, como hago ahora mismo mientras las teclas retumban en el estrecho espacio que llamo eufemísticamente “estudio” y detrás de mí los ruidos domésticos no logran apaciguarme.
Hoy debo irme de aquí, dejar el espacio en blanco. Como una casa en la que se ha habitado y de la cual distinguimos el sabor, los horarios de sombra y luz, salgo yo de éste, mi quinto lugar en la fila horizontal de rostros que me han acompañado aun sin conocerlos.
Desde la distancia unasletras.com me ha construido un puente a prueba de visas, permisos de salidas, pasaportes, migraciones, aduanas y demás vicios del ciudadano moderno. Cada vez que he sentido el deseo, he lanzado la cuerda desde La Habana hasta Mérida, de Mérida a Angola, a Polonia, a Guantánamo, a mi infancia, a mis amigos. Esa combinación ideal, deseada y utópica, ese aleph de sueños, frustraciones e imaginación, ha sido posible gracias al privilegio de los viernes –santos para mí– en unasletras.com
Como la gente de mi calle, me asomo al contén, miro a ambos lados y echo una última ojeada a la avenida. Veo que nada pasa, todo está en calma, unos saludan a otros, otros siguen sin apenas mirar y el bullicio de las guaguas, los carros y los niños regresando de la escuela con el peso de la suciedad sobre el uniforme, es el mismo de ayer. Vuelvo a la seguridad de la casa, a los quehaceres cotidianos. Mientras leo una hoja cualquiera o espero la colada de café, sé que debo ir hasta la computadora, pensar, inventar, hilvanar palabras una tras otra con cierto sentido. Antes de sentarme definitivamente en la banqueta incómoda, me levanto y dejo la puerta enganchada, como hago con esta quinta columna.
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